Tener tres decenas y un poco más no es tanto, no al compararme con los años que tiene mi abuela, o mi tía abuela, es un tercio de lo que viven mis parientes en linea directa. De adolescente pensaba con frecuencia que a mis padres les toco ser testigo de varios cambios a nivel mundial -y los envidie por ello-, en el país, tomaron un sorbo del milagro mexicano con el que siguen soñando en las charlas de mesa. O tal vez es su visión particular de los años en que tener un título universitario te garantizaba tener una vejez desahogada. Hoy no sólo es un cambio de siglo, va más allá. Leí una y otra vez que el trabajo dignifica al hombre, que las cosas valen por el trabajo que se invierte en ellos y no por la plusvalía que se le ha inventado para engordar los bolsillos de la avaricia. He dejado de ver el brillo en la mirada de los niños, la sonrisa de las ancianas y la credulidad de admirar/saborear/disfrutar lo cotidiano. Confiezo que me atemoriza la idea de que el hombre se perdio buscándose así mismo, no desde el punto de vista poético/romántico, quiere ser como los espejismos que parecen ser felices, desea para sí, no para los demás. En su busqueda por alcanzar la felicidad, se la ha tenido que comprar, ha creado y matado a su dios. ¿Perdió su capacidad de amar? y de ser así, ¿en qué momento?
Este escribo iba a comenzar recordando a las personas qu eme regalaron algo sin pedirselo, hombres y mujeres de mayor edad -15 a 20 años mayoresque yo- de poemas que no creí conocer, de libros, de visiones, de anecdotas, de un café que no disfrute con una charla particular, sólo de charlas ocasionales y a prisa. En fin...
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